
Sólo al perder ese místico encanto infantil, esa tierna sonrisa,
esa espontánea dulzura y esa peculiar inocencia
es que dejamos de disfrutar la vida.
Sólo cuando al crecer ELEGIMOS Y DECIDIMOS
encerrar todas esas maravillas
que separan al hombre del niño, es que ESCOGEMOS el resentimiento
en lugar del perdón, la tristeza en lugar de la alegría,
la maldad en lugar de la inocencia.
Sólo cuando decidimos mirar hacia abajo para observar a un niño,
en lugar de agacharnos, tratando de estar a su altura,
y preferimos mirar hacia abajo, en lugar de mirar hacia arriba,
donde está lo hermoso, lo sublime, lo excelso...
Sólo cuando DECIDIMOS que en lugar de una aureola de ángel,
llevamos un sombrero, que nos ponemos
y quitamos a conveniencia,
es cuando SELECCIONAMOS que la vida
ya no es más un jardín de flores,
sino un huerto de espinas.
Por supuesto, tenemos que crecer, tenemos que madurar,
tenemos que abandonar aquel cuerpecito de niño o niña
que tanto goce nos dió.
Lo que no tenemos que abandonar es la felicidad
de mirar al cielo y ver lo hermoso de un arcoiris
y contar las estrellas; el disfrute de bailotear bajo un chubasco
y empaparnos hasta tiritar de frío,
sonreír por nimiedades, cantar hasta que se nos seque la garganta,
a la menor provocación,
y arrodillarnos cada noche a pedirle a Dios
que nos proteja a nosotros y nuestros seres queridos.
Realmente, no cuesta nada seguir siendo un tanto niños,
pero sí, tiene un gran valor!
Evelyn Tosado-Quiñones
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